Orfebrería musical
Antes que todo excéntrico y después que nada curioso. Transmitiendo su mensaje, e indagando entre los límites de lo real. Así es como emprendió Fito Páez el camino de su “orfebrería musical”*, recibida por un Teatro Solís, que sin prejuicios, fue el moderador más hermoso entre notas, sonidos, aplausos, acordes y público.No absente de su ya asumido carisma, Fito contó historias, dio respuestas, pero sobre todo, estableció un diálogo íntimo con cada uno de los acordes su piano, que solitarios lograron transmitir ese mensaje vehemente de albedrío y despreocupación del que diariamente nos disgregamos.
Desfiló por una polisemia de conceptos de música, y transmitió sensaciones, al punto invocar toda su historia de artista, en éste, su último disco, de pianista cantautor, que dio en llamar Rodolfo. Exhibió sus ánimos de sedición, que no dudaron en manifestarse a la hora de empuñar una guitarra, y sacar el diablo de su corazón.
En su tema “Gracias” reverenció a sus grandes maestros: Luís Alberto Spinetta, Charly García y Lito Nevia; y reconociendo haberse servido de músicos como Martín Buscaglia y Fernando Cabrera para tomar la decisión de éste último disco, invitó a ambos a subir al escenario, para juntos descubrir canciones. Y allí aparecieron los dos, y la ovación fue tangible e inquietante. Martín conmovido por las palabras de su colega, dejó relucir su gesto de admiración en su perfil lleno de lágrimas. Cantaron los tres, llenando de magia cada rincón y haciéndole honor a los años de un teatro que, majestuosamente los recibió con los brazos abiertos.En fin, una noche llena de luz y color, donde el concepto de música recorrió sus acepciones digna y estimulantemente, contando una historia que, creo yo, no se va a volver a repetir en el imaginario de cada uno de los que supimos estar esa noche, contemplando, en una butaca del Teatro Solís.
