Música que se esconde en algún lugar...
Con su inimitable sosiego y su desterrado estado de clarividencia, Lisandro Aristimuño delimitó su territorio, instigando a su público, captando la atención de cada una de las miradas, que no dudaron en responder ante tanta energía auténtica y tangible, a la hora de dar oídos a su música que ayer se escondió en la Sala Zitarroza.
Con una multitudinaria y a la vez sorprendente banda de sonido, y no abstente de su ya característica guitarra, Lisandro incurrió en una polisemia de sonidos difíciles de inscribir, desfilando por una gama de sensaciones algo inusuales que en muchos momentos lograron sintetizarse en su simple y apacible voz descontracturada.
Vislumbrando cada uno de nuestros gestos, traduciendo la armonía en canciones y especulando con diferentes estilos, la banda de sonido, multifacético ya desde sus premisas, instigó y recorrió el escenario, luciéndose y demostrando un verdadero trabajo de equipo. Comenzando por Rocío Aristimuño, una mujer de apariencia afrobrasilera en su aspecto, quien comenzara el show motivada en sus movimientos de zapateo, fue la encargada de gran parte de la percusión, mediante un cajón peruano acompañado de un prontuario para nada específico de instrumentos; vagando por momentos con su encendida y espectacular voz sobre algunos temas. Allá, del otro lado de las tablas, Carli Arístide, una conjunción entre guitarra eléctrica y charango, quien cruzando miradas entendidas con Lisandro, logró desmitificar la química alternada de los músicos, cuyas improntas logran nada más y nada menos que música. Al fondo, briosamente, Martín Casado, con un perfil descontracturado de rastaman, intimidando e incitando con su batería despreocupada, se encargó de canalizar la energía tan perceptible del show, desfilando también por un compendio instrumental increíble. Y por último, quien sin duda alguna aportó la epifánica cuota de serenidad, Leila Cherro, con su cello, una de las protagonistas, para mí, de este gran show, que logró contribuir firmemente a la esencia de lo que es la música en vivo.
Me quedo con una imagen, ya llegando al final, cuando atendiendo al clásico ritual de amagar a terminar el show, apareció nuevamente Lisandro, esta vez, acompañado solamente por Leila en el cello, dejándonos una hermosa versión casi a capella de su tema “azules turquesas” llena de poesía… uno de esos momentos para no olvidar.
En fin, qué más decir de un show cargado de afición y estímulo como nos tiene acostumbrados Lisandro, venciendo su a veces indisimulable timidez, logrando plasmar carácter en su mal baile (en mi opinión), estableciendo una conexión casi inexplicable con el público, pero sobre todo, transmitiendo una imagen de humildad traducida en música.


